domingo, 31 de diciembre de 2006

LA MISTERIOSA LLAMA DE LA REINA LOANA, de Umberto Eco. II

EL PLACER DE DEFECAR EN EL CAMPO.

Se conoce que en esta novela Eco se ha decidido a hacer públicos sus placeres más escatológicos, porque apenas 40 páginas después de la rascada de huevos dedica un par de buenas páginas y algunas reflexiones interesantes al placer que experimenta el protagonista defecando en pleno campo, en la viña de su infancia, al aire libre, oyendo el canto de los pájaros. Y es curioso, pero yo, que nunca he estado muy vinculado al mundo rural, ni he sido usuario frecuente del campo como servicio público, debo confesar que experimento sensaciones muy parecidas cada vez que, de tarde en tarde, tengo la oportunidad de cagar en el campo. También orinar desde una altura, sintiendo la soledad de las montañas y el soplo del viento, me hace sentir pletórico. Lo que no sé, ni me he molestado en reflexionar sobre ello, es el porqué de esas sensaciones. Bueno, Eco hace una interesante reflexión sobre el placer de cagar al aire libre y sobre el vínculo vital entre nuestras heces y nuestro yo más íntimo. Os dejo una selección del fragmento:

" Me agaché en el gran silencio del mediodía, roto sólo por algunas voces de pájaros y por el zumbido de las cigarras, y defequé. (...) Estaba experimentando una satisfacción antigua. El movimiento tranquilo del esfinter, entre toda esa vegetación, me despertaba confusas experiencias previas.O es un instinto de la especie. (...) quizás estaba disfrutando sencillamente de un placer ya experimentado por el hombre de Neanderthal. (...)

Me levanté y miré mis heces. Una hermosa arquitectura de caracola, todavía humeante. Borromini...".

Después de la rascada de huevos y la cagada al aire libre, ¿cuál será el próximo placer que descubrirá el protagonista? Yo apuesto por una masturbación, tal vez inspirada en viejas imágenes eróticas de su infancia que reencontrará en su casa de campo. No volveré a escribir sobre la novela hasta que aparezca tal pasaje o, en su defecto, la termine. Prometido.

Por cierto, seguro que Cipriano coincide conmigo en considerar el pasaje de la cagada al aire libre un momento literario único.

viernes, 29 de diciembre de 2006

LA MISTERIOSA LLAMA DE LA REINA LOANA, de Umberto Eco. I


EL PLACER DE RASCARSE LOS HUEVOS.

Voy a ver si antes de que terminen las vacaciones de Navidad puedo ponerme al día con los deberes de Cipri y leerme la última de Eco, que me la ha prestado. Lo cierto es que no pensaba leerla, o al menos no tenía prisa, ya que las dos últimas novelas de Eco me habían cansado un poco. Tanto La isla del día de antes como Baudolino me provocaron la misma sensación: un inicio y primera parte fenómenales y un cierto cansancio y ganas de que pasen las páginas y acabe la historia a partir de cierto momento. Nada que ver con El péndulo de Foucault, que, pese a lo que digan algunos, sigue siendo para mí una de las mejores novelas que he leído de principio a fin. Tal vez por eso tenía dudas y no me decidía a acometer esta lectura, hasta que una vez más Cipri, en una de sus geniales charlas, me dijo que tenía que leerlo, que no es el péndulo pero merece la pena.

De Umberto Eco ya doy por sentado algo, y es que me gusta como escribe. Eso lo he vuelto a sentir en las primeras páginas de La misteriosa llama... (voy por la 60 tras mi primera noche de lectura). De momento me encanta la manera de expresarse del protagonista, con su mente en blanco en lo que respecta a su pasado íntimo pero repleta de citas textuales que engarza a cada momento para expresar sus ¿sentimientos? Mira por donde, el argumento de esta novela tiene algo en común con el de El libro negro de Pamuk: otro personaje en busca de sí mismo.

De lo que llevo leído me quedo con el genial pasaje en el que el protagonista describe el inmenso placer que siente un hombre al rascarse los huevos (perdón, el escroto). No creo que haya muchas líneas en la historia de la literatura que hayan abordado este tema, pero leer este pasaje y desear rascarse los huevos es todo uno. Por cierto, ¿qué acto femenino será comparable a este placer solitario e íntimo de los hombres? Bueno, lo mejor es que os ponga la cita:

"Me desperté otra vez. Quizá porque en sueños me estaba rascando la ingle y el escroto. Bajo las mantas había sudado. ¿Llagas de decúbito? La ingle es húmeda, y si le pasas las manos de manera demasiado enérgica, tras una primera sensación de placer violento, sientes una rozadura desagradable. Con el escroto es mejor: te lo pasas entre los dedos, yo diría delicadamente, sin llegar a apretar los testículos, y notas algo granuloso, y ligeramente velloso; está muy bien lo de rascarse el escroto, el picor no se te va enseguida, es más, se vuelve más fuerte, pero así te da más gusto seguir. El placer es la cesación del dolor, pero el picor no es un dolor, es una invitación a darse placer (...) Extraño asunto, el picor. Y mis cojones. Cojonudo. Tiene un buen par de cojones".

Ahora os dejo porque voy a rascarme un rato el escroto antes de ponerme a trabajar en mi base de datos de delitos juzgados en la Chancillería de Granada entre 1495 y 1510. Por cierto, en esa documentación sí que hay argumentos para llenar páginas y páginas de literatura realista o picaresca. Para quien pueda interesarle, voy colgando algunas cosillas sobre el tema y fragmentos de transcripciones en mi blog CRIMINALIA. Pasaros y echar un vistazo.

jueves, 28 de diciembre de 2006

EL LIBRO NEGRO, de Orham Pamuk



Normalmente no soy dado a leer a los premios nobel de turno, ni siquiera podría citar el nombre de alguno de los cinco últimos. En este caso la excepción no se ha producido por la publicidad sobre el autor y su obra en los medios de comunicación, que no me había llamado la atención en modo alguno, sino por la recomendación de mi buen amigo Cipri, lector empedernido cuyo criterio valoro mucho. Me dijo que tenía que leer algo de Pamuk, que me gustaría seguro y me prestó Me llamo Rojo. Ahí lo tenía, en lista de espera, cuando en una visita a Granada pasé por una librería y compré en edición de bolsillo La vida nueva y El libro negro. El orden de los factores no altera producto, así que ese mismo fin de semana empecé El libro negro, justo en el período de espera en el hospital en que mi mujer estaba siendo sometida a la implantación de dos embriones fecundados in vitro. Tal vez debí elegir una lectura con título más halagüeño en un momento así, y todavía me pregunto si no hubiera sido una mejor elección para la ocasión La vida nueva. En fin, el embarazo no se ha producido en este primer intento.

Con respecto a El libro negro tengo que decir que me ha gustado más por la forma en que está escrito que por la historia en sí. Para mí una novela redonda es aquella en la que tanto el estilo literario como la historia narrada me cautivan, pero eso suele suceder en pocas ocasiones y casi siempre valoro más la historia que el estilo. En definitiva, leo mayormente novelas que no pasarán a la historia de la literatura por su valor narrativo, pero cuyo argumento me entretiene, sobre todo si me aleja del tiempo actual. En esta novela, sin embargo, he encontrado cierto equilibrio entre un estilo narrativo que me ha gustado mucho, pese a ciertos momentos de embrollo y puntos de vista orgiásticamente volubles, y una historia que, sin llegar a apasionarme, se mantenía viva a lo largo del libro. La novela negra nunca ha sido un género de mi agrado, pero tal vez ésta se enriquece con las referencias culturales turcas y un cierto exotismo.

Desde el principio de la novela me cautivaron casi más los paréntesis que conforman las columnas periodísticas de Celal que el nudo central de la intriga, que iba perdiendo interés a medida que avanzaba el libro. A fin de cuentas, la busqueda de Celal y Ruya que acomete Galib queda en un segundo plano muy pronto, cuando se intuye que la verdadera búsqueda del protagonista es introspectiva. Sí, se busca a sí mismo, o a ese otro yo gemelo que en tantos momentos se menciona. Creo que el autor usa al personaje como metáfora de una Turquía que todavía se busca a sí misma, que lucha por ser occidental sin poder desasirse del orientalismo de sus tradiciones. Una Turquía que, según Pamuk, no ha aprendido a ser ella misma, siendo ésta la causa de sus males.

En cualquier caso, el desenlace de la intriga me ha defraudado un poco, aunque vuelvo a repetir que creo que esa intriga es más una excusa para el verdadero tema de la historia que su eje central. Me quedo, sin duda, con lo mucho que he disfrutado con las pequeñas historias y anécdotas que se intercalan en las supuestas columnas peridísticas de Celal y de su alter ego Galib.