
Normalmente no soy dado a leer a los premios nobel de turno, ni siquiera podría citar el nombre de alguno de los cinco últimos. En este caso la excepción no se ha producido por la publicidad sobre el autor y su obra en los medios de comunicación, que no me había llamado la atención en modo alguno, sino por la recomendación de mi buen amigo Cipri, lector empedernido cuyo criterio valoro mucho. Me dijo que tenía que leer algo de Pamuk, que me gustaría seguro y me prestó Me llamo Rojo. Ahí lo tenía, en lista de espera, cuando en una visita a Granada pasé por una librería y compré en edición de bolsillo La vida nueva y El libro negro. El orden de los factores no altera producto, así que ese mismo fin de semana empecé El libro negro, justo en el período de espera en el hospital en que mi mujer estaba siendo sometida a la implantación de dos embriones fecundados in vitro. Tal vez debí elegir una lectura con título más halagüeño en un momento así, y todavía me pregunto si no hubiera sido una mejor elección para la ocasión La vida nueva. En fin, el embarazo no se ha producido en este primer intento.
Con respecto a El libro negro tengo que decir que me ha gustado más por la forma en que está escrito que por la historia en sí. Para mí una novela redonda es aquella en la que tanto el estilo literario como la historia narrada me cautivan, pero eso suele suceder en pocas ocasiones y casi siempre valoro más la historia que el estilo. En definitiva, leo mayormente novelas que no pasarán a la historia de la literatura por su valor narrativo, pero cuyo argumento me entretiene, sobre todo si me aleja del tiempo actual. En esta novela, sin embargo, he encontrado cierto equilibrio entre un estilo narrativo que me ha gustado mucho, pese a ciertos momentos de embrollo y puntos de vista orgiásticamente volubles, y una historia que, sin llegar a apasionarme, se mantenía viva a lo largo del libro. La novela negra nunca ha sido un género de mi agrado, pero tal vez ésta se enriquece con las referencias culturales turcas y un cierto exotismo.
Desde el principio de la novela me cautivaron casi más los paréntesis que conforman las columnas periodísticas de Celal que el nudo central de la intriga, que iba perdiendo interés a medida que avanzaba el libro. A fin de cuentas, la busqueda de Celal y Ruya que acomete Galib queda en un segundo plano muy pronto, cuando se intuye que la verdadera búsqueda del protagonista es introspectiva. Sí, se busca a sí mismo, o a ese otro yo gemelo que en tantos momentos se menciona. Creo que el autor usa al personaje como metáfora de una Turquía que todavía se busca a sí misma, que lucha por ser occidental sin poder desasirse del orientalismo de sus tradiciones. Una Turquía que, según Pamuk, no ha aprendido a ser ella misma, siendo ésta la causa de sus males.
En cualquier caso, el desenlace de la intriga me ha defraudado un poco, aunque vuelvo a repetir que creo que esa intriga es más una excusa para el verdadero tema de la historia que su eje central. Me quedo, sin duda, con lo mucho que he disfrutado con las pequeñas historias y anécdotas que se intercalan en las supuestas columnas peridísticas de Celal y de su alter ego Galib.